14/5/2014

Política Económica: una nueva visión para el siglo XXI



Durante muchos años hemos venido preguntándonos porqué el Perú después de casi dos siglos de existencia como república soberana no ha logrado aún niveles de desarrollo y bienestar de la población como sí lo han hecho otros países. A mi parecer, mucho influyó, entre otros factores muy importantes, la mentalidad y la manera cómo entendieron a la ciencia económica los encargados de la política económica a la hora de diseñarla y aplicarla. Como evidencia empírica tenemos la década de los años setenta y ochenta, pues, la sociedad fue muy afectada por los desequilibrios macroeconómicos y la galopante inflación. El liderazgo de los círculos intelectuales se orientó hacia políticas contrarias a la libertad económica que se caracterizaron por la intervención del gobierno en la economía y por no crear las condiciones para que ésta crezca sostenidamente. Si bien es cierto que esta situación ha cambiado en los últimos años, sin embargo hoy en día todavía algunos mercados siguen siendo intervenidos, me refiero al de dinero y al cambiario donde el ente emisor influye en la tasa de interés interbancaria y en el tipo de cambio, respectivamente. En tal sentido se hace necesario tener otra visión de la economía ad portas a los doscientos años de república considerando que los paradigmas utilizados en las últimas décadas no han dado el resultado esperado para acercarnos lo más posible al desarrollo nacional.

En este ensayo planteo un razonamiento económico diferente al que prevalece actualmente de tal manera de incentivar a todos aquellos interesados en el desarrollo nacional y  que no están convencidos con el pensamiento económico que sustenta la actual política económica.  Exploro  cuatro temas: primero, la mentalidad que tuvieron nuestros gobernantes sobre todo en el aspecto económico; segundo,  cómo la política económica fue  inspirada en teorías que fomentaron la intervención del gobierno en la economía y caracterizadas por exagerar en las estimaciones macroeconómicas; tercero, la estrategia para luchar contra la pobreza fue ineficaz, y cuarto, un análisis al plan bicentenario en cuanto a sus objetivos económicos se refiere publicado en el año 2011 por el Estado peruano. Finalmente ensayo un punto de vista sobre una nueva visión de la política económica que nos conduzca al desarrollo de la nación.

1.- En los últimos tiempos e inclusive hoy en día la política económica ha sido  influenciada por un tipo de persona al que denomino: el político altruista. Éste se caracteriza por querer demostrar a la comunidad que posee un alto grado de “sensibilidad social” prometiendo dar empleos y ayudar a los más necesitados. Debo reconocer que esta expresión encierra una contradicción dado que normalmente los políticos buscan el poder lo que no sucede con los que realmente practican el altruismo. Doy a continuación una definición personal de aquel tipo de político considerando en realidad que de altruista no tiene nada pero que finge serlo ante la comunidad: es una persona que piensa, toma decisiones y actúa con el afán de llegar y mantenerse en el poder convenciendo a una considerable parte de la comunidad que tiene  mucha sensibilidad social y que su mayor preocupación es solucionar el problema económico de una gran mayoría a costa de sacrificar a una minoría todo en aras de la justicia social.

Ahora bien, para que se dé el altruismo es indispensable que exista un sacrificio en beneficio de algún individuo o grupo sin nada a cambio. Esta forma de vida siempre será bienvenida por todos nosotros porque es un ejemplo para la humanidad. Los grandes líderes espirituales dejaron una huella digna de ser seguida por todos nosotros. Sin embargo, este tipo de político hace todo lo contrario, pues, se beneficia del poder,  mbauca a una buena parte de la población con su doble discurso, tratando de convencer a los ingenuos que actúa con la única finalidad de “ayudar al pueblo”. Pero no contento con mostrar esta especie de misticismo utiliza una estrategia nada loable: una crítica despiadada al liberalismo económico y sobre todo al capitalismo tildándolo de salvaje, que no tiene rostro humano, que incentiva la explotación del poderoso hacia el débil y excluye a parte de la población del crecimiento económico, creando desempleo, subempleo, pobreza, resentimientos, conflictos sociales y que por tanto debe ser controlado al milímetro. Este es el meollo del intervencionismo. 

Pero lo que no sabe o no quiere aprender este tipo de político es que el capitalismo como sistema social es el único que no exige sacrificios ni mártires, que ha permitido libertad individual y ha creado las condiciones para que justamente los más pobres y sus hijos mejoren su calidad de vida independientemente que muchos se enriquezcan dada su actividad empresarial. El capitalismo, según Aynd (1961), va de la mano con la libertad política, libertad  económica y con la democracia, y es el único sistema social en toda la historia de la humanidad con una ética y una moral bien definida basada en la libertad individual y respeto de la propiedad privada.

Lo preocupante es que el «altruismo político» siga siendo un paradigma que se acentúe tanto en el presente como en el futuro y no favorezca el desarrollo de las instituciones económicas y políticas afectando una genuina distribución del ingreso. La política económica perdería su contenido científico y se volvería empírica o ideologizada y por tanto no tendría como fundamento una teoría económica con sólidos argumentos que se base en la libertad de los individuos para construir su propio destino, sin tener en consideración que en muchos casos este tipo de político se enriquece de manera ilegal y justamente impide el desarrollo de los mercados evitando que las personas puedan desarrollar sus habilidades empresariales. Aquí me refiero a lo que plantea Acemoglu y Robinson (2012) en el sentido que los países fracasan cuando la política económica ocasiona que solamente ciertos grupos relacionados al poder económico y político, se beneficien de la producción y del ingreso a través del mal funcionamiento de las instituciones las mismas que son denominadas “extractivas” por los autores mencionados. 

En la década de los años setenta muchas empresas privadas fueron estatizadas. Uno de los pretextos fue que éstas eran estratégicas y muy importantes para que estén en manos privadas señalándose que los empresarios solamente buscaban ganancias y les interesaba poco o casi nada el desarrollo nacional. Se pensaba que las industrias estatizadas serían más productivas colaborando directamente en el bienestar de la población. Bajo el cargo de burócratas fieles al pensamiento anti mercado éstas generarían más empleo y mejores salarios. Y si fuesen privadas se produciría riqueza pero los trabajadores se harían más pobres. 

Ésta fue una visión contraria a la que realmente el Perú necesitaba debido a que la constante intervención del gobierno en la economía no solamente desorganizó el sistema de precios relativos sino que lo hizo colapsar de tal manera que la moneda nacional se vea sustituida por una extranjera siendo esto el producto final de toda una desventura irresponsable. El meollo de este asunto fue que la política económica, como consecuencia de una visión errada en el uso y aplicación de la ciencia económica y del perfil populista de los gobernantes explicado anteriormente, tuvo como objetivo satisfacer las necesidades de una parte de la población desmedrando a la otra. Si bien es cierto que en aquella época existía una pobreza considerable, la forma de tratar de resolverla no fue la adecuada. Los fines pueden haber sido plausibles pero la estrategia fue ineficaz tanto en términos prácticos como en su concepción teórica dado que no incluía los principios elementales del funcionamiento de los mercados. Al final los más pobres fueron los más afectados.

Las empresas estatizadas fueron usadas con poco criterio económico y esto ocasionó que se vuelvan ineficientes e incurran en pérdidas económicas. La política fiscal se orientó a financiar a éstas y el gobierno tuvo resultados económicos negativos. La consecuencia fue la crisis de la deuda debido al sobre endeudamiento y después la hiperinflación por la gran emisión de dinero. Todo esto causó la desorganización de la economía que por cierto tuvo como corolario la idea de que los gobernantes y burócratas estatales poseían la información completa sobre el funcionamiento de los mercados y de las preferencias de millones personas y que por tanto podían estimular y expandir el consumo y la inversión, llámese la demanda agregada, con la finalidad  de crear empleo y mejorar el bienestar de la población.  Se pensaba que dicho tipo de política económica podía ser eficaz porque el sistema económico se veía como si fuese una máquina o un motor donde una persona puede manipularlo y lograr objetivos inmediatos de acuerdo al uso. Y esto es consecuencia de considerar a la ciencia económica como si fuese la física. Los hacedores de política económica cayeron en lo que Hayek denominó la pretensión del conocimiento, concepto explicado en su discurso al recibir el premio nóbel de economía en Estocolmo en el año 1974.

Si bien es cierto que a partir de los años noventa la política económica varió notablemente, continuó siendo interventora y distó mucho de ser liberal. La pregunta es: ¿por qué no se dio el gran cambio? Simplemente porque cuando un gobernante fomenta una buena institucionalidad política y económica se vuelve más democrático y de manera implícita se aleja del autoritarismo. Por tanto liberalismo político y económico no son compatibles con gobierno autoritarios. Luego podemos deducir que si nuestro sistema social no goza de instituciones políticas democráticas, de una pluralidad en el poder político, de instituciones económicas eficientes, de una política económica que esté orientada al bienestar de las familias a través de una inflación casi nula e impuestos bajos, de una sociedad ordenada y amante del cumplimiento de la ley incluyendo a las autoridades, no se debe a que seamos incapaces y que exista escasez de personas preparadas para gobernar bien ni que tengamos un problema cultural[1] tan enraizado que a la mayoría de la población le agrade vivir de manera desordenada, sino, la causa de fondo se debió a que las autoridades en todo nivel no tuvieron el deseo, la voluntad ni la determinación de destruir el orden antiguo ineficiente, ineficaz, informal y desordenado para armar uno nuevo tal como sucedió en los países desarrollados. 

Se debe reconocer que se corrigió el problema de la inflación y de los grandes déficits fiscales y  que también se ha tomado conciencia de que los equilibrios macroeconómicos son requisitos indispensables para el crecimiento económico pero en el aspecto institucional no se ha cambiado mucho respecto a las anteriores décadas. Se sigue pensando que es necesario que el gobierno intervenga directamente para mejorar el bienestar de la población y que el orden de la sociedad, la informalidad, justicia, infraestructura y la inseguridad son  problemas que pueden esperar no sabemos hasta cuándo.

2.- Mucho influyó en la visión antes explicada las ideas socialistas y la práctica  keynesiana. La cátedra normalmente desarrolló teorías que buscaban explicar la realidad de una manera cuasi exacta al mejor estilo de las ciencias naturales implementando  modelos matemáticos y estadísticos que permitirían, bajo su óptica, medir la actividad económica y sobre todo intervenir de tal manera de lograr los objetivos que el mismo gobierno se planteaba. Se creía que mientras tuviésemos muchos datos que se puedan utilizar para obtener resultados en base a una lógica o modelo matemático y estadístico, somos más científicos. Y en sentido opuesto,  si argumentamos sin evidencia empírica, no hacemos ciencia. Al final, como diría Hayek (1974), “prefiero un conocimiento verdadero, aunque imperfecto, aun en el caso de que no pueda determinar ni predecir gran parte de su objeto, a una pretensión de conocimiento exacto que probablemente será falso”. Bajo esta concepción, los gobernantes pensaban que la relación causa efecto entre una política económica interventora en los mercados y objetivos económicos de perfil populista era muy estrecha.

Y justamente, de acuerdo a lo anterior, las autoridades se concentraron más en las mediciones estadísticas que en los principios económicos. El mejor ejemplo es el producto bruto interno que es utilizado para la evaluación y diseño de la política económica. Y esta manera de ver a la economía no sólo ha permanecido en el mundo de los analistas y académicos, pues, nos ha afectado a todos. Por ejemplo, cuando leemos en los diarios las noticias relacionadas a la actividad económica, si creceremos más o menos que el año pasado, nos preguntamos si se logrará la meta planteada por el gobierno y si las predicciones de las instituciones especializadas se están cumpliendo. Por momentos reina el optimismo y luego caemos en el pesimismo cada vez que el producto bruto interno crece menos de lo que esperábamos, pero, ¿qué significa este número que puede cambiar realmente nuestro ánimo y el de toda una población? ¿Puede la ciencia económica darnos la información sobre  cómo le irá a la economía en los próximos años con la exactitud de puntos decimales? ¿Acaso no será que todo esto no es más que una arrogancia académica dizque científica? Veamos un par de comentarios respecto a este indicador estrella.

La revista Velaverde de la ciudad de Lima tiene una columna anónima llamada “El Inquisidor” en donde el día lunes 18 de noviembre del 2013 publicó un artículo denominado “El Manan Kanchu del producto bruto interno” realizando una crítica que vale la pena resaltar. El anónimo sostiene que no debemos confiar mucho de este indicador debido a la gran informalidad que existe en nuestra sociedad sobre todo en los diferentes mercados de trabajo no calificado y en muchas empresas. Tal es el conocido y documentado caso de la minería ilegal en el departamento de Madre de Dios, que dicho sea de paso tiene en promedio uno de los mejores sueldos a nivel nacional[2]. También señala la dificultad de medir el impacto que tiene en la producción el avance tecnológico de los equipos de comunicación y de qué manera las transacciones del narcotráfico y de los juegos ilegales generan empleo e ingresos. Es obvio que si producimos más estaremos mejor pero el artículo considera que solamente concentrarse en el PBI es una manera muy simple de analizar los problemas económicos de fondo que adolece la economía peruana. En otras palabras, no podemos depender tanto de una sola variable que tiene mucho de estimación estadística.

Hugo Santa María, socio de Apoyo Consultoría,  publicó un interesante artículo el día lunes 2 de diciembre del 2013 en el diario Gestión, donde explicó cómo nos afectaría crecer 5% en vez de hacerlo en 6% en los próximos cinco años. Afirmó lo siguiente: se perderían 140,000 empleos formales, las familias tendrían menos ingresos por un valor de S/.160.00 disponibles para gastar cada año, se dejaría de invertir $27 mil millones, no se venderían 3.5 millones de toneladas de cemento y 28 mil autos nuevos, 160 mil familias de zonas urbanas dejarían de ingresar a la clase media, el gobierno no recaudaría S/.24 mil millones y finalmente 320 mil personas seguirían siendo pobres. Obviamente que estas cifras son preocupantes porque de ser cierto, cuánto habríamos perdido en las décadas de los años ochenta y noventa. Mejor ni imaginarnos. Pero definitivamente que estas estimaciones confían demasiado en un indicador estadístico. Aquí se está asumiendo que la estructura de la producción y sus respectivas ganancias económicas se mantienen iguales en el tiempo. Y también, que el producto bruto interno afecta a todos los mercados por igual.  Los analistas están muy identificados con la idea de que en base a un indicador de la actividad económica, se pueden elaborar predicciones y definir si la economía está yendo por buen camino. Un resultado de esta visión es que invita a la intervención del gobierno a través de la política fiscal y monetaria con la finalidad de estimular el consumo y la inversión cada vez que se crea conveniente. 

Haciendo referencia a los textos de macroeconomía, éstos nos explican que el producto bruto interno es sólo una parte de la gran producción que se ha llevado a cabo en todos los mercados en un periodo determinado, debido a que éste  nos dice cuál es el valor monetario de la producción de bienes y servicios “finales” dentro de nuestro territorio en un periodo determinado, refiriéndose aquellos bienes  que no sufrirán transformación alguna en el proceso productivo y que irán consumiéndose en el tiempo, algunos en un periodo muy breve (alimentos, ropa, etc) y otros en años (máquinas, equipos, etc.). El sustento de usar este tipo de indicador es para evitar la doble contabilidad. Sin embargo se sacrifica información valiosa relacionada a todas las inversiones que se han efectuado en las distintas etapas de la producción total, desde los bienes de orden superior (insumos alejados del consumo) hasta bienes de primer orden (bienes que ya no son transformados y que llegan a manos del consumidor) siguiendo la terminología de quien fuera el iniciador de la escuela económica austriaca, Carl Menger.

A continuación veamos algunos conceptos de la metodología que utiliza el Instituto de Estadística e Informática del Perú, INEI, para la estimación del producto bruto interno anual, publicados en su página web.

 a) “En el campo del análisis macroeconómico y de la comprensión de la realidad económica, se concibe al producto bruto interno (PBI) como el indicador más completo e importante de la economía por su capacidad de sintetizar, representar y explicar el comportamiento de la economía.”

b) “Esta forma de expresión del PBI para la economía, muestra el Valor Bruto de Producción libre de duplicaciones ya que el valor agregado de cada unidad productiva excluye el valor de los insumos intermedios utilizados en el proceso de producción.” INEI

El mensaje es claro, pues, el gasto empresarial que realizan todas las empresas para la adquisición de sus insumos para la producción, capital de trabajo, pago por el uso de bienes de capital, sueldos adelantados, que es justamente inversión para producir bienes intermedios o de orden superior, deja de ser importante para dar paso a los bienes finales, que se considera,  como señala el párrafo (a), una medida completa de la actividad económica.

En adición se sostiene que el producto bruto interno es la suma de todos los valores agregados que se van formando en los procesos productivos. Éste  es la diferencia entre el valor del bien final y el valor de los insumos adquiridos para la producción e incluye el pago de salarios, sueldos y la rentabilidad económica del empresario. De ahí que es una renta neta porque excluye el gasto empresarial en las diferentes etapas de producción el mismo que es considerado por el Instituto Nacional de Estadística e Informática como consumo interno. Esta institución estima el valor total de la producción, y luego le resta el consumo interno obteniendo el valor agregado total, que sumado los impuestos y los derechos de importación, arroja el producto bruto interno.

Veamos que nos dice Huerta de Soto (2011) al respecto:

… el producto nacional bruto[3] incorpora el valor de las ventas de capital fijo o duradero, como los inmuebles, los vehículos industriales, la maquinaria, las herramientas, los ordenadores, etc., que se terminan y se venden a sus usuarios finales durante el ejercicio, siendo considerados, por tanto, como bienes finales. Pero no incluye, en forma alguna, el valor de los bienes de capital circulante, los productos intermedios no duraderos, ni los bienes de capital aún no terminados…….en suma…..el producto nacional bruto es una cifra agregada de valores añadidos que excluye la parte más importante de los bienes intermedios. (p.247).
  
Asimismo el autor antes mencionado plantea que el producto bruto interno debería cambiar de nombre y llamarse el producto neto interno dado que excluye el gasto en bienes intermedios reflejando la sumatoria de los valores agregados en toda la producción. Al reflejar también este indicador un gran ingreso en la economía entonces podría denominarse el ingreso neto.

Sin lugar a dudas el indicador más completo de la actividad económica  es el valor bruto de la producción y es de mayor magnitud que el producto bruto interno y explica  toda la actividad económica incluyendo el gasto empresarial orientado a la inversión. Por ejemplo, si las estadísticas nos dicen que el consumo es aproximadamente el 60% del PBI y la inversión el 25%, entonces, podemos decir que el primero es más representativo que el segundo en la actividad económica  y que por tanto tiene mayor relevancia[4]. Sin embargo, teniendo en cuenta todas las etapas de la producción que consideran el gasto que hacen las empresas para adquirir el material necesario para la producción, entonces  la inversión total o dicho en otras palabras, el gasto empresarial total, supera con creces al consumo y al mismo producto bruto interno.

Podemos plantear que si bien es cierto que el PBI es un indicador de la actividad económica, hay que reconocer que es bastante incompleto pudiéndonos dar una visión distorsionada y alejada de la realidad. Y lo más preocupante es que la política económica considera a esta variable como la más representativa de la producción. Sin embargo, más allá de que sea un indicador eficiente y estimado con mucho esfuerzo, profesionalismo y dedicación, desde una perspectiva de política económica puede inducir a error porque los encargados de la política económica al concentrarse en la diferencia entre el PBI efectivo y el potencial deciden si aplican o no una política económica contracíclica[5]. Y justamente esta manera de ver las cosas hace que el  análisis no se enfoque en lo que hoy se reconoce cómo uno de los problemas que más nos afecta: la producción informal.

Al tener los ojos puestos en la última etapa de la producción agregada y por tanto solamente en los bienes finales, sin darnos cuenta, están dejando de lado a las etapas intermedias de la producción teniendo en consideración que son éstas las que permitirán en el futuro que la sociedad disponga de una mayor cantidad de bienes de consumo así como de capital y en adición que el gobierno tenga una mayor cantidad de recursos.  

3.- El tener una visión mecánica de la ciencia económica dio lugar para que se piense que a través de una política económica interventora se pueda lograr fácilmente los  objetivos relacionados a la reducción de la pobreza, que pudiendo ser plausibles desde una perspectiva humanista, no lo son desde el punto de vista económico. Ahora se habla de  “crecimiento con inclusión social”[6] como si existiera un crecimiento excluyente.  Por otro lado, dar un discurso sobre la necesidad de crear riqueza o simplemente decir que necesitamos ser más capitalistas significa estar  totalmente desconectado del problema social,  alejado de los más pobres y ser insensible al dolor ajeno.

El 21 de agosto del 2013 el director del diario El Comercio, Francisco Miró Quesada Rada, publicó en su columna de editor un interesante artículo sobre la inclusión social. Cito uno de los párrafos:
Para lograr la inclusión social se deben aplicar políticas que, en primer lugar, generen el acceso a la riqueza para todos los peruanos y esto se logra con inversión privada y pública. El trabajo, la posibilidad de acceder al trabajo con un salario digno, es el primer paso para la inclusión social, porque significa un gran progreso para la reducción de la pobreza. No puede haber inclusión social sin una pronta distribución de la riqueza, para que los peruanos seamos protagonistas en el acceso al proceso productivo de la nación. Mientras continúe la pobreza, que es cierto se ha reducido, no podrá haber inclusión social.
Como se puede apreciar, Miró Quesada utilizó el término acceso a la riqueza sin más preámbulo. En adición, el mismo día el diario mencionado publicó algunos resultados de la mesa redonda sobre la inclusión social y la desnutrición infantil, liderada por el director antes citado, donde se señaló que en orden de prioridad, se encuentra la desnutrición infantil y la pobreza. No cabe duda que es muy bueno que las autoridades y diferentes medios de comunicación se preocupen por esta situación de pobreza, extrema pobreza, exclusión social, desnutrición infantil y cómo lograr la inclusión social. Sin embargo el tema de fondo, a mi modo de ver  es que, primero, se debe definir la estrategia para lograr los objetivos, es decir, si el proyecto es «adaptable» o si cumpliría los objetivos, segundo, definir los recursos que se necesitan y si es posible obtenerlos, lo que definimos como  «posibilidad», y tercero, quién asumirá el costo y por cuanto tiempo y si vale la pena, lo que se define como la «aceptabilidad» del proyecto. Estos tres criterios deben ser tomados en cuenta en los programas sociales.
Supongamos que el gobierno tiene como objetivo reducir la desnutrición infantil a través de la distribución de bienes y servicios en lugares focalizados desarrollando un programa denominado el vaso de leche, que dicho sea de paso existe en la actualidad. La idea puede ser muy buena desde una perspectiva social y de ayuda al más necesitado pero es necesario  conceptualizar este tipo de actividad cómo una inversión social temporal, con inicio y fin,  y que sea constantemente evaluado en cuanto al cumplimiento de sus objetivos. En la ciudad de Lima se lleva a cabo el programa antes mencionado el mismo que se ha convertido en una fuente de trabajo para muchas familias y donde se tiene conocimiento que muchos adultos se benefician. En una oportunidad se intentó disminuir el presupuesto de éste, y la reacción fue una serie de disturbios en el centro de la ciudad de Lima. En un reportaje televisivo hace unos años se descubrió que una señora repartía leche en un distrito limeño de clase media hace unos diez años aproximadamente y que jóvenes adultos se acercaban a su casa de esta señora con una jarra a recoger la leche. Todo esto demuestra que la intención puede ser muy buena pero la asignación y administración de los recursos no necesariamente es adecuada.

En cuanto a la inclusión social, ésta es muy compleja, porque, ¿quién podría decir si una persona es excluida? Teniendo en consideración que dos tercios de la oferta laboral es informal, ¿no es el gobierno en las últimas décadas el que incentivó la informalidad con sus políticas ineficientes y por tanto excluyó a los trabajadores de la  formalidad dejándolos sin pensión y salud? Ahora bien, si éste quiere desarrollar más programas asistencialistas como parte de su política, está en su derecho, pero requerirá más recursos. Dada la situación social real relacionada a la educación y a la salud, el gobierno y el Estado no pueden de inmediato desprenderse de estos dos últimos servicios porque hace muchas décadas ha asumido el compromiso con la comunidad de prestarlos. Sin embargo éstos pueden ir transfiriéndose al sector privado de tal manera de reducir el gasto público y la carga tributaria de las familias. El esfuerzo debe dirigirse hacia las personas que realmente necesitan estos servicios y esta tarea debe ser llevada a cabo a través de una adecuada estrategia. Reconozco la complejidad de definir la línea de división sobre la acción del gobierno y la transferencia de los servicios públicos hacia el sector privado. Pero tener esta idea permite comprender que es una situación que debe  ser estudiada a fondo y ser considerada en la política económica.
Justamente no haber orientado recursos a la seguridad interna y externa, a la administración de la justicia y obras de infraestructura necesarias para aumentar la productividad, y haber gestionado de manera ineficiente los servicios públicos, volvió ineficaz al Estado y por tanto lo debilitó. Ideal sería que la educación y la salud pública sean excelentes pero estamos acostumbrados a que no lo sean. Se podría sostener, con un enfoque de largo plazo, que el Estado descuidó sus funciones más importantes. Todo esto puede ser visto como un gran derroche de recursos a costa de la comunidad que actualmente sigue esperando  una mejor infraestructura, seguridad interna, un poder judicial dinámico y un eficiente servicio de salud y educación.

4.- En un esfuerzo sin precedentes, el Estado peruano elaboró un planeamiento  estratégico de desarrollo nacional denominado “el Plan Bicentenario: El Perú  hacia el año 2021”, publicado en el año 2011 mediante resolución suprema. El plan se inicia con una visión de la nación y la respectiva concepción estratégica. Luego plantea seis ejes estratégicos[7] que son a la vez los grandes objetivos nacionales, los cuales se reproducen a continuación:

1.  Derechos fundamentales y dignidad de las personas.
2. Oportunidades y acceso a los servicios.
3. Estado y gobernabilidad.
4. Economía, competitividad y empleo.
5. Desarrollo regional e infraestructura.
6. Recursos naturales y ambiente.

Me concentraré en el eje estratégico Nº 4 relacionado a la economía. Éste contempla una serie de variables como: objetivo nacional, lineamientos de política, objetivos específicos los que son medibles con una serie de indicadores.

El objetivo nacional del cuarto eje estratégico es el siguiente: “Una economía competitiva  con alto nivel de empleo y productividad”[8].

Y los siete objetivos específicos[9] son:

1.- Política estable y previsora que alienta el crecimiento económico sostenido a través de la inversión privada y pública en actividades generadoras de empleo.
2.- Estructura productiva diversificada, competitiva, sostenible y con alto valor agregado y productividad.
3.- Crecimiento sostenido de las exportaciones  sobre la base de una oferta exportable diversificada, actividades sostenibles y el acceso a nuevos mercados.
4.- Innovación, el desarrollo tecnológico y la aplicación del conocimiento científico.
5.- Incrementar empleos adecuados para la modernización inclusiva.
6.- Marco institucional y jurídico que garantice las inversiones.
7.- Mercados financieros transparentes y eficientes, con instituciones sólidas que facilitan el financiamiento y la inversión.

En relación al objetivo nacional percibo que está orientado hacia la macroeconomía dejando de lado la importancia que tiene la productividad de los factores productivos en especial  el de la mano de obra. Éste incluye tres conceptos que están relacionados en la práctica: la competitividad, el empleo y la productividad. Mi inquietud es la manera como se ha planteado la secuencia lo que aparentemente de ser un problema de forma,  se convierte en uno de fondo. Considero que debe ser al revés: productividad, empleo adecuado y competitividad. Y explico la razón por la es importante esta observación. 

Sabemos que una intensificación del capital en los procesos productivos o que la economía en su conjunto se vuelva más capitalista traerá como consecuencia que tanto la producción como en especial la mano de obra se tornen más productivas. Esto a su vez ocasionará que las empresas demanden más trabajo y por consiguiente se dará un aumento sostenido del empleo adecuado y de los salarios reales. Luego, una economía más productiva será más competitiva toda vez que sus productos podrán ser ofrecidos en los mercados a mejores precios dados los menores costos unitarios. De ahí de la importancia de concentrarse primero en la productividad y luego en la competitividad.

En cuanto a los objetivos específicos, si bien son interesantes y ambiciosos no dejan de ser muy generales y hasta cierto punto, románticos. En el primero es innecesario que se especifique que las inversiones privadas y públicas deben darse en sectores que crean empleo. La inversión privada no busca crear empleo, lo que persigue es la generación de ingresos y riqueza y como consecuencia se crean una serie de oportunidades laborales. 
Por otro lado, la inversión del Estado debe dirigirse a infraestructura y servicios públicos que la empresa privada no pueda satisfacer. En el segundo objetivo se usan una serie de términos sin coherencia alguna. Se mezcla alto valor agregado con productividad. Además, ¿qué significa que los productos tengan un gran valor agregado?, ¿cómo se sabe si el valor agregado es alto o bajo?, ¿son mejores los productos con mayor valor agregado?, ¿se refiere al valor agregado como proporción del precio del bien o en términos absolutos, es decir, en dinero? Sabemos que el valor agregado es la suma de la rentabilidad económica y el pago de salarios y sueldos. Por ejemplo, el servicio que ofrecen los restaurantes de lujo tiene un gran valor agregado porque el precio está muy distante de los costos de los insumos y esto no significa que el Perú necesite miles de restaurantes. Luego decir que se requieren bienes de un alto valor agregado es retórico. El tercer objetivo  sí es coherente pero tomando en cuenta que el esfuerzo le corresponde a las empresas privadas y que el tipo de cambio debe ser fijado por la oferta y la demanda sin intervención del ente emisor. 

El cuarto objetivo es muy importante pudiéndose agregar que debe existir una coordinación entre las empresas y las universidades  de tal manera que las primeras vayan absorbiendo la cultura de la investigación científica lo que los conllevará a ser innovadores y por cierto más productivos y como consecuencia, más competitivos. El quinto objetivo no tiene sentido. El sexto objetivo se cumplirá siempre y cuando el poder judicial sea totalmente renovado y mejorado; y por último, el sétimo objetivo se puede lograr mientras el banco central de reserva no  distorsione el mercado de dinero (tasa de interés interbancaria) ni lleve a cabo una política monetaria inflacionista e interventora en el mercado cambiario (tipo de cambio).

Pienso que es necesario darle un contenido estratégico a la política económica sin dejar de lado a la persona humana que es el fin supremo de la sociedad y del Estado según el primer artículo de nuestra constitución. De los siete objetivos específicos ninguno nombra ni una sola vez a la persona ni a la empresa. Políticas económicas que tienen este tipo de objetivos dejan de lado los principios fundamentales de la microeconomía relacionados a la satisfacción de las necesidades de las personas y al funcionamiento de los mercados. Debemos evitar perder de  vista que la política económica debe estar al servicio de la comunidad.

La pregunta que me formulo cada fin de mes es: ¿cuál debe ser la carga tributaria que deben soportar las familias de tal manera que nuestra economía sea afectada lo menos posible y pueda existir un Estado eficiente? Realmente las personas no deben ser perjudicadas económicamente por el simple hecho que el Estado y el gobierno necesiten más recursos pero desafortunadamente esto se ha venido dando hace muchas décadas convirtiéndose en una vía crucis para una buena parte de la población. Debemos convencernos como ciudadanos libres que si pagamos impuestos es porque vamos a recibir un servicio de manera permanente. Tenemos un caso emblemático, pues, me refiero al Impuesto General a las Ventas conocido como el IGV, el mismo que es extremadamente alto y afecta  a todos y en especial a los más pobres. 

Ahora bien, para poder reducir este impuesto es necesario que todas las empresas y trabajadores tributen, pero infelizmente esto no sucede en la actualidad. No cabe duda que ésta sería la causa por la cual el impuesto antes señalado lo mantienen tan alto en las últimas décadas[10].  La informalidad en el mercado de trabajo y en algunos sectores productivos se ha convertido en un problema que enfrentamos constantemente. Por tanto la reducción de la informalidad debe ser un objetivo de la política económica y esto se logrará llevando a cabo una  revolución en la legislación de tal manera que las empresas estén incentivadas a ser formales. 

Después de observar el comportamiento de los políticos que estuvieron en el poder durante varias décadas se puede deducir que nunca existió un interés de hacer política económica  para las familias con menores recursos. Lo más importante para ellos siempre fue la contabilidad macroeconómica y los objetivos del gobierno los mismos que fueron concebidos de acuerdo a la circunstancia y al momento político que se vivía y sobre todo a la ideología y mentalidad  del gobernante tal como se explicó en el primer acápite. 

Entonces, ¿cuál fue y sigue siendo la lógica de los burócratas para el diseño y aplicación de la política fiscal? La respuesta es la siguiente: primero, definen las tareas del gobierno y del Estado, las que cada vez son mayores dependiendo del gobernante de turno; segundo, estiman cuánto dinero se necesita para su funcionamiento; y tercero, “imponen”, o se mantienen que sería lo mismo, los impuestos sin importar como se vería afectada la economía familiar. Lo más preocupante de todo es que no se avizora un cambio en este método perverso de hacer política fiscal. Si el gobierno se preocupa por las personas muy pobres, lo cual es bueno, deja de lado a toda una clase media que vive de su trabajo, paga altos impuestos y no recibe adecuadamente los servicios públicos como salud, educación, justicia, seguridad interna, infraestructura, calles seguras y tránsito ordenado. Al final, lo mismo de siempre: se sacrifica a unos en beneficio de otros.

Respecto a la política monetaria, ésta se orienta más a objetivos macroeconómicos que a facilitarle la vida a las personas. Nos hemos olvidado o no queremos recordar que la razón de ser del banco central de reserva es la de emitir el dinero nacional sin elevación de los precios, pero ahora resulta que tres por ciento es considerada una baja inflación. Inclusive felicitan a la autoridad monetaria porque ésta normalmente se encuentra dentro del rango meta que ellos mismos se han planteado: dos por ciento más o menos uno por ciento. Entonces, ¿por qué hace muchos años estamos bordeando el límite superior en vez del límite inferior habiéndolo superado en varias oportunidades? Simplemente porque para el ente emisor la prioridad es cumplir con el rango meta sin importarle la capacidad adquisitiva de las familias en el corto y menos en el largo plazo. Así, la inflación se convierte en un objetivo político más que en uno económico.

¿Cómo nos afecta esta situación en el largo plazo? Tomemos un ejemplo: supongamos que la inflación anual se mantenga en tres por ciento durante veinte años. Esto significa que los precios, en promedio, se elevarían en casi ochenta por ciento perjudicando a aquellos que al final de este periodo serán pensionistas. Se produce así una incoherencia intertemporal en la política monetaria por la sencilla razón que mientras se cree que se está cumpliendo la meta inflación en el corto plazo, no se toma en cuenta  cómo en el largo plazo la sociedad se verá afectada en cuanto a capacidad adquisitiva se refiere. Esto es consecuencia de que no se tienen objetivos de largo plazo para el aumento de los precios y la mejora del bienestar de las familias. Es probable que los técnicos de la autoridad monetaria se inspiren en lo que alguna vez dijo Paul Samuelson, economista laureado con el premio nóbel, a quien parafraseo a continuación: una inflación de cinco por ciento anual no es mala siempre y cuando se relacione con mayores puestos de trabajo. Pero también debemos escuchar a las amas de casa que cada día le alcanza menos sus ingresos para la alimentación de su familia. Lo que la gente quiere es que su capacidad adquisitiva no se deteriore y para lograr esto simplemente la inflación debe ser muy cercana al cero por ciento. Ésta debe ser uno de los objetivos más importantes de la política económica. Así podremos tener lo que denomino el sueño peruano: que nuestra capacidad adquisitiva nunca más disminuya en el largo plazo.

La razón por la cual los precios siguen aumentando es por el exceso de liquidez y esto se debe a dos razones: una temporal y la otra crónica. La primera se relaciona con la gran emisión de dinero que efectuó el banco central de reserva en los últimos años para comprar dólares con la finalidad de influenciar en el tipo de cambio. El resultado fue que la colocación de certificados de depósitos de esta institución para retirar el dinero emitido, operación monetaria conocida como la esterilización monetaria, no fue suficiente, dándose el caso que el gobierno se haya tenido que sumar a este tipo de operación la misma que es denominada «esterilización fiscal», lo que contraviene uno de los conceptos fundamentales de la política monetaria que consiste en la no intervención del gobierno en asuntos monetarios.

 Y la segunda causa se debe al actual sistema de reserva fraccionaria el mismo que permite que una pequeña fracción de los depósitos a la vista se mantenga como reserva obligatoria y el resto sean utilizados cómo préstamos por parte de la banca privada trayendo como consecuencia que la liquidez se expanda sin que en la economía se genere mayores ahorros, teniendo en consideración que en principio este tipo de depósito, cómo su nombre lo dice, debe estar siempre disponible para ser usado por el depositante, lo que no sucede en la realidad. Esto hace que circulen una serie de medios fiduciarios sin respaldo de ninguna clase expandiendo los medios de pagos y por tanto la liquidez (Huerta de Soto, 2011).

Después de analizar a profundidad la lógica de la política fiscal y monetaria desde una perspectiva del bienestar individual, a modo de conclusión planteo que la visión de la política económica debe dar un giro de ciento ochenta grados en el sentido de tener como objetivo la economía de las personas. En el caso de la política fiscal debe definirse la máxima carga tributaria que deben tener las familias y crear un sistema tributario que abarque a toda  la población y la evasión sea mínima. Así los impuestos podrán ser menores. Si bien es cierto que no existe una fórmula que nos diga el valor de los impuestos, pero sí se puede implementar una estrategia para que la tributación afecte cada vez menos a las personas que cumplen con la formalidad.

En cuanto a la política monetaria, también debe cambiar de rumbo en relación a la inflación. Al igual que los impuestos, no existe un modelo que nos pueda decir cuál es la inflación óptima porque simplemente no existe. Sin embargo, si se observa que la inflación es muy cercana a cero y la emisión de dinero no es exagerada como viene siendo, entonces, la población percibirá que el deseo de la autoridad monetaria es que la elevación de los precios  sea mínima de tal manera de no afectar la capacidad adquisitiva de toda la sociedad en su conjunto, sobre todo en el futuro.

Esto dos puntos planteados anteriormente referente a la política fiscal y monetaria y a una nueva manera de visualizar la acción política en el ámbito económico creará una confianza sostenida hacia las autoridades y será una oportunidad para que el poder político esté al servicio de la comunidad sin caer en el proteccionismo y donde cada individuo sea responsable de su destino en el marco de la ley.



Referencias
Acemoglu y Robinson. (2012). “Por qué fracasan los países”. Bilbao. Deusto.
Grondona Mariano, (2000) “Las condiciones culturales del desarrollo económico”.4ta. Edición. Buenos Aires. Editorial Planeta Argentina.
Hayek Friedrich, (1974) “Conferencia en la recepción del premio nóbel de economía”, Estocolmo. Disponible en la biblioteca de la Universidad San Ignacio de Loyola, Lima, Perú.
Hayek Friedrich, (1995). La paradoja del ahorro. En F.A. Keynes. Obras completas. Volumen IX. “Contra Keynes y Cambridge”.Capítulo II, (pág.85-134). Madrid. Unión Editorial.
Huerta de Soto, Jesús, (2011), “Dinero, Crédito Bancario y Ciclos Económicos”. 5ta edición. Madrid. Unión Editorial.
Rand Ayn, (1961). “El capitalismo, el ideal desconocido”. Buenos Aires. Grito Sagrado editorial.












[1] Grondona (1999 ) plantea que la Argentina se convirtió en una nación sub desarrollada después de haber sido desarrollada por  el factor cultural sobre todo de su clase política. En el Perú este factor también influyó y sigue influyendo y se ha fortalecido en la informalidad en todos los niveles . La hipótesis de Grondona en su obra es que la cultura es un factor predominante en el desarrollo económico  de una nación.
[2] Según estadísticas del Ministerio de trabajo y promoción del empleo, en el año 2012 el ingreso laboral mensual promedio de la PEA ocupada en Madre de Dios fue S/.1,865, el mayor a nivel nacional, superando a Lima, S/.1,516, a Moquegua, S/.1,779 y al  Callao, S/.1,329.

[3] El autor hace referencia al Producto Nacional Bruto, PNB y no al PBI, y esto es muy común en muchos países como es el caso de España. La diferencia entre los dos es la renta de factores. El Instituto Nacional de Estadística e Informática considera al PNB como el ingreso nacional.
[4] Este es el meollo de la teoría keynesiana que es fundamentalmente de corto plazo. De ahí que se plantea que el consumo es mejor que el ahorro para iniciar el despegue de una economía. Al respecto, existió un gran debate en el siglo 20 al respecto conocido como la paradoja del ahorro, siendo Hayek (  ) el que prácticamente demostró el error conceptual de ésta.
[5] La autoridad monetaria varía la tasa de interés y el gobierno, a través del ministerio de economía, modifica la velocidad del gasto público de tal manera de influir en la demanda agregada (consumo e inversión).
[6] Unos años antes en el ambiente político se utilizaba la expresión:  crecimiento con rostro humano.   También en la literatura de la economía internacional se utiliza la expresión “crecimiento empobrecedor”.
[7] Página 14 del Plan Bicentenario. En el gráfico Nº 2 figuran los seis objetivos nacionales que coinciden con los ejes estratégicos.
[8] Página 168 del Plan Bicentenario.
[9] Páginas  173-178 del Plan Bicentenario.
[10] La disminución de los impuestos sin disminuir el gasto público crea déficit fiscal. En todo caso tendría que ir acompañada de una reducción del gasto público, lo que políticamente es imposible. Luego, la única vía de solución es que a medida que aumente la base tributaria y sus respectivos ingresos, los impuestos pueden ir disminuyendo. Por tanto se necesita de una estrategia  con unos objetivos muy bien planteados.